Ejemplo de una Crónica Literaria:
Mi muerte es innegable
INTRODUCCIÓN.
La guerra colonial portuguesa inicia el 4 de febrero de 1961 cuando Angola, Guinea-Bisáu y Mozambique levantan bajo ideas independentistas un conflicto armado contra las Fuerzas Armadas de Portugal, quienes eran -desde 1575- comerciantes de la trata de esclavos en la antes llamada “Colonia de Angola”.
Tras verse iniciada la también nombrada Guerra de Ultramar, la dictadura Salazarista convoca al reclutamiento militar a los jóvenes (varones) portugueses en pos de mantener el poderío sobre las colonias. No existen datos completos sobre la cantidad exacta de hombres que desplegaron a combate, pero se contabiliza que durante los trece años que duró el conflicto 8.000 soldados murieron y 30.000 fueron heridos.
Finalmente, un 25 de abril de 1974 se da fin a esta guerra porque en Portugal se gesta la “Revolución de los Claveles”, un golpe de estado que dio fin a la dictadura de los predecesores de Salazar y que tuvo como consecuencia la retirada total de las fuerzas portuguesas de África, dando independencia parcial a los territorios de la excolonia.
Actualmente, Angola y Mozambique son países libres en busca de crecimiento, Guinea-Bisáu adoptó el nombre de Bissau y sigue luchando por estabilidad política y social.
CAPITULO I
Han pasado solo cuatro meses desde que me casé.
Han pasado solo dos meses desde que me alisté con los reclutas.
Y justo ellos, los reclutadores, están tocando a mi puerta. Ya debo de irme.
A mis espaldas la dueña de dulces cabellos rubios toca mi hombro, en sus ojos se encuentran la tristeza y la amargura, no reflejan lo que yo siento: yo siento miedo. Hasta ayer estaba seguro de irme, seguro de que esto era lo que debía de hacer, ahora ya no lo creo ni lo siento. Pero un hombre no se retracta, debo de ir. Ir a la guerra. Ir lejos. Ir por mucho tiempo.
Veo a mi esposa, la de dulces cabellos rubios, pero de ella no me despido, en cambio me arrodillo lo suficiente para que mi cabeza quede a la altura de su vientre y ahí sí me despido. Me despido de quien aún no nace ni al que veré nacer. Me despido de quien cuando regrese no podrá recordarme.
-Madeira; Abril de 1969.
Han pasado solo tres meses desde que llegué a Zambia. Han pasado solo tres días desde que inició el mes: cumplo veintiún años. El general nos ha enviado a la playa por este motivo, “unas vacaciones”, había dicho. La realidad es que los tiburones nos observan, salen del mar, salen a la arena, buscan un pie mal puesto.
Allí se da nuestro primer encuentro con los negros, que son la única cosa capaz de sumergirse en las aguas furiosas sin que un tiburón les arranque alguna parte del cuerpo, como un desmembramiento moderno tan brutal como ellos.
Esa noche uno de los suyos muere. Pero no fue por un tiburón.
-Zambia; 3 de julio de 1969.
CAPITULO II
Han pasado… no lo sé, en este punto no tengo idea de dónde estoy ni qué día es. El hambre ha podido con nosotros, nosotros hemos podido contra ellos: hay sangre en las manos de todos. ¿La muerte es nuestro castigo? El hambre es lo suficientemente dolorosa, parece lo justo.
Desfallezco sobre un tronco bajo la oscuridad en la que nos sume el bosque, todo es tan oscuro como parece ser nuestro destino. De pronto, el tronco se mueve, agita y sisea, mis compañeros toman mis manos y me arrojan a lo más lejano del tronco. Tronco que no es un tronco. Tronco que es una pitón pasiva por estar recién comida.
– ¡Estamos perdidos! –condena el compañero. –La selva nos tragará para la mañana.
–Todavía tengo balas. –El otro, famélico como el resto, busca su escopeta, apunta a la serpiente. –Es ella o nosotros.
Es ella o nosotros, eso suena igual a son ellos o nosotros. Que es la plegaria que repetimos cada vez que uno de esos aparece tan dispuestos a asesinarnos como nosotros a los suyos.
Se escucha el disparo. Ya no hay pitón.
–Debemos seguir. –Es mi voz enronquecida la que ordena, enronquecida por la garganta a secar como lija; el agua hace mucho se ha acabado y la lluvia tampoco parece dispuesta a caer.
Seguimos andando en la penumbra, con los nervios erizados y el pecho agitado, jadeantes todos como perros al que su amo ha expuesto a mucho sol y sin darle de qué beber.
Llegamos, no sé a dónde, pero llegamos.
-Quien sabe dónde; quien sabe qué día/mes, 1969.
CAPITULO III
Hoy nuevamente es de noche, hemos alcanzado un acampado con más de los nuestros: nos han salvado. El hambre la hemos calmado con yucas, en esta región crecen y brotan con tanta abundancia y facilidad como se le es fácil al sol amanecer cada mañana. Lástima que debamos comerlas crudas.
Y así subsistimos los últimos días. Ahora, en la soledad de mi guardia, puedo reflexionar, recordar, pensar. Pensar en que mi hijo debió haber nacido hace tres meses, si no es que murió al nacer, no sé, son cosas que no sabré hasta que vuelva a casa… y estoy convencido a este punto de que ya nadie volverá a casa, solo queda salir adelante.
En medio de mis cavilaciones veo fuego, uno lejano, uno que se delata por el humo que desprende: es una hoguera, no es nuestra, es de ellos -los otros-. Quizás se están acercando, quizás nos están acechando, quizás están esperando a atacarnos.
Son ellos o nosotros.
Es lo que pienso antes de arrojar el mortero, que se despliega en el cielo, se fragmenta en el aire y se estrella para destrozar todo como un meteorito. Ya no hay hoguera. Ya no hay más de ellos. Cayó donde debía caer.
Gracias a Dios.
-Este de Angola; diciembre de 1969.
CAPITULO IV
La guerra ha terminado y no siento que haya ganado nadie, volví a perderme el nacimiento de mi segundo hijo y también del tercero, porque ellos no me dejarán ir, siempre llegan para tocar a mi puerta y la vida me condenó por siempre abrirla.
-Lisboa; 1980.
Emigré cuando de mi propia tierra tuve suficiente, cuando me di cuenta de que debía irme, irme lejos, irme por mucho tiempo (nunca volví). Es este nuevo puerto el que me ha recibido con los brazos abiertos y aquí es donde crecerán mis hijos.
Entonces sí, mis hijos iban creciendo, pero con ellos también crecían mis penas, penas que se alimentaban por temor a un castigo, penas que crecían y brotaban en mi piel como un sarpullido, penas que solo se aplacaban con alcohol y cigarros. Cigarros que en la misma medida que acallaban las voces de la culpa, llenaban mis pulmones de un aire inmundo.
Fumé, creí que estaría bien, que al menos eso no me pasaría a mí, pero pasó. El aire ya no llega a mis pulmones, el peso de setenta y tres años de vida se yerguen sobre mi espalda y pesan como el plomo, mis dientes son todos propiedad del ratón Pérez, mi cerebro desvaría y muchas veces no recuerdo esto que hoy te he contado, y lo que queda de mi cuerpo flacuchento y lánguido la mayoría del tiempo no lo siento mío.
Y veo el rostro de mi familia, sus ojos se enrojecen bajo la sombra de las lágrimas cada vez que me miran, un dolor que identifico como el dolor de la partida, intuyo que no la de ellos, sino la mía. Creen que pueden ocultármelo, que han disimulado bien… pero no pueden mentir: mis pecados han corrido y me han alcanzado.
Por eso te pido a ti, karma, karma que ahora muele mis huesos, que la vida de aquellos que murieron por mi mano ya no pesen ya sobre mis hombros, ya me arrepentí cuanto pude. De todas formas nos veremos en el purgatorio, eso te aseguro. Ya mi muerte es innegable.
-Caracas; 30 de octubre de 2023.

Qué profundo.
ResponderBorrarEs literatura🤌 🚬
Todos lo sentimos 😞
ResponderBorrarMe encanta totalmente, excelente crónica 🩷
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